Dedicado a Patricia Hortas. La vida siempre nos da una de cal y una de arena, mi querida amiga.
30 de abril de 1993.
Bon Jovi presenta su disco Keep the Faith en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Dos jovencitas de 13 y 14 años, acompañadas por sus madres, se asan al sol desde primera hora de la tarde. ¿Para qué? Para nada, porque verán el concierto desde la grada. Pero la inexperiencia y la impaciencia son muy poderosas.
Mi historia con el grupo de New Jersey se remonta a varios años atrás. Corría 1987 cuando llegó a mis manos el single, en vinilo, de You Give Love a Bad Name (mi padre se lo regaló años después a un amigo, qué simpático). Con tan sólo 8 años, disfrutaba haciendo headbanging con una larguísima y lisa melena castaña que fue cortada, como era tradición, un par de años después, tras hacer la Comunión.
Por aquel entonces, unos suecos muy rubios y con el cabello muy cardado, habían cedido los derechos de uno de sus temas a un partido político español: Alianza Popular. Se trataba de The Final Countdown, el himno de Europe, otro de los grupos que pusieron la banda sonora a esos años de mi infancia.
Pero entre Europe y Bon Jovi siempre lo tuve claro, aun sin tener necesidad de elegir. Y con esa edad, estaba convencida de que algún día Jon Bon Jovi sería mi novio. Él me lanzaba miradas cómplices desde los pósters de la Super Pop. Parecía que estábamos de acuerdo.
Y este amor platónico perduró, con sus altibajos y con su etapa de indiferencia, interrumpida por el lanzamiento de Blaze of Glory, disco en solitario que Jon Bon Jovi sacó en 1990, para la banda sonora de la película de Emilio Estévez “Arma Joven” (Young Guns).
Algo estaba a punto de ocurrir, y de hecho ocurrió: Jon Bon Jovi dijo adiós al pelo largo y el mundo dijo hola, de forma masiva, al Keep the Faith. No sé cómo ese CD ha sobrevivido. El libreto de su interior está en buen estado, pero al tacto se nota perfectamente su desgaste.
Además, aproveché para volver a comprar toda la discografía anterior en CD, ya que algunas cosas las tenía en cassette, otras en vinilo y otras ni las tenía. Los escuché todos una y otra vez, aprendí inglés traduciendo sus letras, memoricé todos los vídeo clips, vi el vídeo de gira Access All Areas más veces de lo que puede ser considerado saludable... Además, me di el gusto de contagiar a amigos, conocidos y familiares. Como si evangelizase con la Palabra del Señor. Eran mi banda favorita y adoraba todas y cada una de sus canciones.
Me es imposible recordar cuáles eran mis temas preferidos, porque seguro que estos iban variando, depende del momento. Pero sí que recuerdo que siempre he tenido debilidad por el disco New Jersey, el azul, el de 1988. Y no recuerdo ya por qué.
Lo que sí recuerdo es que mis labores de investigación sobre quién era ese otro músico que aparecía con ellos en el escenario en un determinado momento, o sobre quién era ese otro que posaba con ellos en una determinada foto, me convirtieron en una exploradora, espeleóloga y casi arqueóloga, que nunca tenía suficiente y que tenía más necesidad de bandas de Rock que de comida, de amigos o de lo que fuese.
Aquel 30 de abril de 1993 asistí a mi primer concierto grande de Rock, de los muchos que siguieron. Hace poco se cumplieron 18 años. Le precedieron otros menos importantes, en fiestas de pueblo y con bandas más modestas, y también un concierto del que hay gente que piensa que me avergüenzo y no es así: las amigas de mi padre me llevaron a La Monumental a ver a Mecano.
Pero obviamente, ninguno de esos grupos significaron nunca nada en mi vida, mientras que Bon Jovi fue la primera banda a la que me dediqué en cuerpo y alma. Fueron mi rito de iniciación.
Por eso, a pesar de todo, siempre les recordaré con cariño. Aunque posteriormente careciesen de la fuerza que yo buscaba, y aunque la actitud que encontré en otros grupos fuese mucho más atractiva que la que ellos hubiesen tenido nunca.
Así pues, voluntaria o involuntariamente, Bon Jovi quedaron en el fondo del cajón, cediéndoles el puesto a Mötley Crüe, Skid Row, Guns n’ Roses, Aerosmith y otros grupos que fueron llegando para quedarse.
Todos ellos llegaron además en una época de cambios convulsos y profundos que implicaban, no sólo la explosión de mi adolescencia, sino la desaparición de la vida tal y como yo la conocía. La separación de mis padres redibujó mi geografía, no sólo emocional sino también física, por culpa del cambio de residencia, desde Barcelona a un pueblo del interior de Girona. En este contexto, encontré refugio en el Rock, descubrí lo que era el Heavy Metal, y mis células lo asimilaron como si de oxígeno se tratase.
Pero Bon Jovi no desapareció del todo en esta vorágine de descubrimientos, de cambios de vestuario, de peinados, y de una manera determinada de vivir y entender la vida... En 1995 todavía los vi una vez más en el Estadi Olímpic, en un gran concierto junto a Ugly Kid Joe, Pretenders y Van Halen. Guardo buenos recuerdos de ese día, del que me llevé además una nueva adquisición a casa (nueva para mi): Van Halen. Los grupos por descubrir no se acababan nunca y eso, para una adolescente hambrienta de novedades y experiencias, era maravilloso.
Bon Jovi reaparecieron en mi vida a principios del nuevo siglo, pero yo ya no me compraba sus discos, ni buscaba sus vídeo clips en la tele, ni compraba revistas porque ellos apareciesen en portada. Aún así, no pude perderme un concierto al aire libre en Les Fonts de Montjuïc, que fue espectacular, y otro show en el Sant Jordi que merecería capítulo aparte, ya que tuve la oportunidad de disfrutar de algunos temas desde el escenario y de estrechar la mano de aquel que tenía que ser mi novio y no lo fue.
Fue una experiencia loca, divertida y que nunca olvidaré, que sirvió como broche de oro a mi relación con una banda que para mi han dejado de existir. Jon Bon Jovi, Richie Sambora, Alec John Such, David Bryan y Tico Torres me abrieron las puertas del Paraíso, y por eso, les he rendido este pequeño homenaje.
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Aquí, el vídeo clip de la primera canción de Bon Jovi que escuché]